Déjate amar por Dios

La semana pasada, mientras orábamos en comunidad, una moción del Espíritu, nos decía, más bien nos ordenaba: ‘Déjate amar por Mí’

Qué misterioso es, que el tema del Amor de Dios, es lo primero que le anunciamos a quienes evangelizamos, es el primer asunto que se trata en cualquier catequesis, en cualquier cursillo de integración. Sin embargo es el principal déficit de felicidad que se manifiesta en la vida de muchos cristianos.

Cuando escuchamos muchos testimonios, cuando sentimos sus oraciones, descubrimos que se han olvidado, o no están viviendo, no están experimentando, ese amor que el Padre derrama sin cesar, como gracia divina en todos sus hijos.

¿Cuáles serán las razones, las causas de esta incapacidad? Hemos reflexionado sobre muchas de ellas: falta de diálogo con Dios, o falta de oración, orgullo, autosuficiencia, falta de confianza, ataduras, prejuicios, heridas del alma. Necesitamos de la asistencia del Espíritu Santo, para que no las revele.

Lo cierto es que mientras esa incapacidad o indecisión, permanezca en nosotros, no solamente seguiremos sin convertirnos, y como el Israel de Oseas 11, volveremos una y otra vez a nuestros desiertos, mientras Papito Dios sigue diciendo: Me da un vuelco el corazón, se me conmueven las entrañas. Sino que además, como repetimos hasta el cansancio, es calidad de vida la que perdemos día a día, mientras nos gana el pesimismo y el desánimo.

Es necesario recurrir a la oración personal, a la contemplación sincera y motivada en un querer encontrarse con la mirada de Jesús, con el abrazo del Padre. Despojarnos de todo aquello que pueda impedir ese encuentro de amor, buscar al que ama mi alma, como en Cantares y dejarse amar, recibir ese río de amor que fluye del corazón de nuestro Padre y que estamos desperdiciando.

Carlos Foucold, en su contemplación, una vez, percibió que Dios le invitaba a descubrir como una carta que el mismo Dios le mandaba por el correo de la oración, donde le decía que lo amara como era:
Conozco tus miserias, las luchas, las tribulaciones de tu alma, tu debilidad, las dolencias de tu cuerpo, conozco también tus cobardías, tus pecados.
Yo conozco tus flaquezas.
Y a pesar de todo te digo, dame tu corazón.
Ámame tal cuál eres.
Si para darme tu corazón, esperas a ser un ángel, nunca llegarás a amarme.
Aun cuando caigas de nuevo, muchas veces, en esas faltas que quisieras no cometer jamás, y seas un cobarde para practicar la virtud, no te consiento que me dejes de amar.
Ámame tal como eres.
Ámame en todo momento.
Cualquiera que sea la situación, en la que te encuentras.
Fervor, sequedad, felicidad, hasta de traición.
Ámame tal como eres, quiero el amor de tu corazón indigente.
Si esperas a ser perfecto para amarme, nunca me habrás amado.
¿No tengo yo poder para transformar un grano de arena en un serafín radiante de pureza, de nobleza, y de amor?
¿No podría hacer surgir de la nada, millones de santos, aun mas perfectos y santos que aquellos que hasta hoy he creado con el gesto único de mi voluntad?
¿Acaso no soy el Todopoderoso?
Si yo deseara dejar para siempre en nada, mil seres maravillosos, prefiriendo tu amor.
¿Acaso no tengo derecho a esto?
Es Dios quien habla.

Déjame amarte. Quiero tu corazón.
En mis planes, está el moldearte.
Pero mientras eso llega, te amo, te amo como eres.
Y quiero que tú hagas lo mismo.
Deseo ver tu corazón. Que se levanta desde lo profundo de tu miseria.
Amo en ti incluso tu debilidad.
Me gusta el amor de los pobres.
Quiero desde la indigencia se levante, incesantemente este grito.
Te amo Señor. Lo que me importa es el canto de tu corazón.
¿Para qué necesito yo tu ciencia?
¿De qué me sirven a mí tus talentos?
No quiero tus virtudes.
Y aun cuando yo te las diera, eres tan débil, que siempre se mezclaría con ellas, el amor.
Pero no te preocupes por eso.
Preocúpate de llenar con tu amor sólo este presente.
Hoy me tienes a la puerta de tu corazón. Como mendigo.
A mí, que soy el Señor de los Señores.
Yo estoy llamando a tu puerta.
La estoy golpeando y espero.
Apúrate, ábreme, no alabes tu miseria.
Si conocieras plenamente la dimensión de tu indigencia, te morirías de dolor.
Una sola cosa podría herirme el corazón.
Ver que dudas. Que te falta confianza.
Quiero que pienses en mí todas las horas del día. Y la noche también.
No quiero que realices ni siquiera la acción más insignificante por un motivo que no sea ni siquiera nuestro vínculo de amor.
Cuando te toque sufrir, yo te daré la fuerza.
Tú me diste amor a mí, Yo te daré amor más de lo que hayas podido soñar,
pero recuerda, recuerda esto, ámame tal como eres.

Citado por  el Padre Javier Soteras.

Cierra un instante tus ojos, y mira con tu espíritu, cómo se derrama la Sangre de Cristo en la cruz del calvario. Si tú no la recibes, esa sangre cae a la tierra, se pierde, ¿puedes permitirte tal desperdicio?

Visualízate a ti mismo en este momento, como a un farol al cual su mecha encendida por el amor del Padre, ejemplo del Hijo y unción del Espíritu Santo, genera tanta luz, que no puede contenerse, irradiándose para iluminarse a sí mismo y a todo aquél que se acerque.

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