A beneficio de inventario

Gabriela y Adela nos proponen como motivo de reflexión ‘la maldición intergeneracional’ también conocida como aquella que trasciende la generación objeto de la misma y se extiende hasta  la tercera y cuarta generación’

Esta inquietud, que no es nueva entre aquellos que tratan de buscar razones, a la luz de la Palabra, tiene su origen en la transmisión del Decálogo, donde Papito Dios, le da a Moisés los principios básicos de la Primera Alianza, lo que hoy conocemos como los ‘Diez Mandamientos’.

No te postrarás ante ellas, ni les rendirás culto, porque yo soy el Señor, tu Dios, un Dios celoso, que castigo la maldad de los padres en los hijos, hasta la tercera y cuarta generación, si ellos me aborrecen; Éxo 20:5

Como primera aproximación, debemos recordar, que la Palabra ha sido ‘inspirada’ y no ‘dictada’ por Dios a los hombres y que la redacción dada a esa inspiración, adopta la forma literaria y el carácter doctrinal, del lugar y momento donde fue redactado, sin que por ello el sentido de la orden o la enseñanza, pierda autenticidad.

Este estilo se enmarca dentro de la creencia en la retribución compensativa; más en concreto, de la convicción de que una conducta buena y conforme al mandamiento de Dios tendrá necesariamente buenas consecuencias, mientras que una conducta mala tendrá de necesidad consecuencias funestas. Hoy se habla de la conexión obras-resultados o también de la esfera del acto forjador del destino, mentalidad que se ha fraguado especialmente dentro de la tradición sapiencial del Antiguo Testamento.

En la Biblia, el individuo suele ser considerado -antes del exilio- como miembro de una colectividad, y por eso sus actos tienen una resonancia social. Después del destierro babilónico — deshecha la comunidad nacional —, la teología israelita se orienta más hacia el individualismo y la responsabilidad personal.

Es cierto que en la actualidad muchos siervos de Dios, sostienen la vigencia de esta maldición apoyándose en este pasaje, como en otros similares que se encuentran en el Antiguo Testamento. Pero no es menos cierto que en los mismos libros y en escritos proféticos, encontramos manifestaciones como:

Los padres no morirán por culpa de los hijos ni los hijos por culpa de los padres. Cada cual morirá por su propio pecado. Deu 24:16

Ustedes preguntarán: "¿Por qué el hijo no carga con las culpas de su padre?", Porque el hijo practicó el derecho y la justicia, observó todos mis preceptos y los puso en práctica, por eso vivirá. Eze 18:19

En nuestro Catecismo no encontramos ninguna mención a esta maldición. Tenemos que ir hasta Jesús para ver qué nos enseña, cuando los apóstoles, influenciados indudablemente por la tradición rabínica le plantean la misma cuestión:

Al pasar [Jesús], vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: "Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?  "Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Juan 9: 1-3

Uno de los principales exégetas, padre de la Iglesia, San Juan Crisóstomo, refiriéndose a este pasaje, comenta:

No quiere decir con esto que otros han nacido ciegos por los pecados de sus padres pues no sucede que un hombre sea castigado por el pecado que otro ha cometido.

Nos afiliamos por lo tanto, a la creencia de que el pecado individual, no se hereda. Por supuesto que sí se hereda la condición pecadora del hombre, pero la responsabilidad está en cada uno y no es imputable a un predecesor, sino al demérito de cada persona.

¿Entonces, las acciones u omisiones de nuestros predecesores no nos afectan en nuestro presente?

Sí que nos afectan, pero no porque Papito Dios, nos maldiga por sus pecados, sino por la influencia que tales acciones u omisiones han tenido o pueden tener, en nuestras vidas.

Por ejemplo: si una persona de 20 años, tiene un hijo al que le enseña desde pequeño a negar a Dios, o lo que es peor a rechazarlo o a confrontarlo, y si ese hijo a sus 20 años tiene un hijo al que le transfiere los mismos conceptos y esa situación se repite con el bisnieto de la primera persona, a los 80 años, la cuarta generación habrá sido contaminada, sin que Dios hubiera intervenido.

Esta situación es más probable, en familias de características patriarcales o matriarcales, con carácter dominante y tradiciones muy arraigadas.

Por eso, así como de recibimos todo lo bueno de nuestros predecesores, también se nos transfiere todo lo malo de ellos. La situación se agrava cuando el heredero es víctima de una ‘atadura’.

Como la parábola del elefante de circo, que cuando pequeño fue atado a una estaca que no podía arrancar del suelo, y cuando grande y poderoso, nunca intentó volver a hacer la prueba de soltarse, porque su memoria, le recordaba que no podía, así muchas personas son víctimas de lo que se ha ido grabando en su mente y su corazón, y al no saber que tienen a su alcance la ‘fuerza’ necesaria para romper esas ataduras, permanecen esclavas de las mismas.

Debemos ser capaces de recibir nuestra herencia ‘a beneficio de inventario’, es decir quedarnos con el legado de todo lo bueno y descartar lo que no nos conviene, lo que de malo, pueda venir en el paquete. Y así, como en el caso del ciego de nacimiento, podremos lograr que la ‘Gloria de Dios’ se manifieste también en nuestras vidas.

En los casos que lo requieran, será necesario recurrir a la oración conocida como de ‘Sanidad Intergeneracional’, para romper aquellas ataduras que por herencia o influencia, física (violencia, abuso, maltrato, alcoholismo, adición) o psicológica (menosprecio, amenazas, inferioridad, incapacidad, inmovilidad, etc.) nos estén impidiendo en la actualidad vivir en libertad y en plenitud.

Cristo nos dice, tú puedes pararte y arrancar esa pequeña estaca que te tiene prisionero, basta que te decidas.

Es también apropiada la oración de intercesión por nuestros predecesores, pero no para que el Señor nos libere de alguna maldición que puedan haber merecido ellos y nos toque hoy a nosotros, sino para que los purifique de todo pecado y los admita a contemplar la luz de su rostro, de forma tal, que la comunidad de los santos, ese ciclo espiritual al que pertenecemos, se retroalimente y fortalezca en forma permanente.

Recordemos siempre: … donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad. 2Co 3:17 

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