La canilla

Por Edgardo Tambasco


Cuando era pequeño e iba a San Carlos a la casa de mi abuela materna, a la entrada, antes de ingresar  por el pasillo que nos llevaba a la cocina, se encontraba la canilla .
Siempre me atrajo la canilla de bronce que estaba adosada a un caño cilíndrico y me recibía cada vez que llegaba de Montevideo.
Por lo general dejaba escurrir unas gotas, que iban dejando un pequeño charquito en el piso.  Esto se debía muchas veces que  no se cerraba con la fuerza debida o de  tanto uso y  el cuerito se iba desgastando causando que perdiera.
Era la canilla del barrio, ¡Cuántas conversaciones de vecinos y vecinas se tejieron en torno a ella mientras se esperaba el turno para llenar el balde!.
Era el lugar de amoríos, de encuentros, de escucha y de vida. La vida que iba creciendo alrededor de la preciosa agua que nos regalaba esa simple canilla.
Cierro los ojos y revivo imágenes de aquellos tiempos, siento el frescor de la canilla de bronce al tratar de abrirla y escucho el ruido del agua que sale con fuerza al golpear el balde y las gotitas que mojan mi pequeño rostro,  que se mezclan con las conversaciones de las señoras “aguateras”.
Cuán vital es el agua, nos quita la sed y nos limpia, nos refresca.
Esa canilla hace años que no está más en la esquina.
Y como dice Jeremías 2:13“Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua”.
Observemos de donde brota esa fuente de vida, que nos invita a ir a Él diciéndonos “El que tenga sed que venga a mi y beba”. Juan 7:37

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