La tienda del encuentro


Los discípulos, en general tenemos responsabilidades como guías de otras personas. En algunos casos, por ser responsables de comunidades, de ministerios o de grupos. En otros, por ser padres de familia o hermanos mayores. Aun, no perteneciendo a ninguno de estos grupos, como enviados a guiar a quienes todavía no lo conocen, al encuentro con Cristo.
En muchas oportunidades, quienes tenemos tal responsabilidad, nos encontramos con la incertidumbre de encontrar la comunicación o la acción adecuadas, y fallamos en nuestra tarea o lo que es peor, dejamos de hacerla.
Analicemos el ejemplo bíblico de alguien a quien le cupo la responsabilidad, de conducir a un pueblo de la esclavitud a la libertad. Reflexionemos sobre la experiencia de Moisés, relatada en el libro del Éxodo 33:7-17.
Moisés levantó la tienda del encuentro, que era el lugar donde ‘todo el que tenía que consultar al Señor debía dirigirse’ 8
La carpa ‘la instaló fuera del campamento, a una cierta distancia’. La primera precaución que tomó, fue sacarla del contexto donde se desarrollaba la vida cotidiana, de forma que, alejada del ruido y el movimiento, fuera un ambiente propicio para concentrarse en lo que se quería consultar a Dios.
Uno de los errores que frecuentemente cometemos, es no tomar distancia de la situación a resolver. Metemos todo en el mismo paquete y en lugar de ser parte de la solución, pasamos a ser parte del problema.
Dice el texto que: ‘El Señor conversaba con Moisés cara a cara, como lo hace un hombre con su amigo’ 11 De donde podemos deducir, que la relación que Moisés había establecido con Yahvé, era una relación de amistad, una relación de confianza y de trato directo.
Esto nos marca otro error en el que podemos caer cuando vamos a consultar al Padre y es el de ubicarlo en una posición demasiado jerárquica, que nada tiene que ver con el respeto que le tengamos, sino con la falta intimidad que tenemos con Él.
De la forma que nos relacionemos con Él, van a depender los temas que nos sintamos capaces de plantearle y las limitaciones que le podamos demostrar.
De la forma en la que nos dirijamos a Él, va a depender como procesemos mentalmente las respuestas que obtengamos.
Si nos dirigimos como quien se dirige a un juez, vamos a trasladarles a los demás sus respuestas como sentencias, como Moisés. Si lo hacemos como quien consulta a un sabio, luego daremos humanos consejos, como Salomón. En cambio si lo hacemos pensando en que es nuestro papito Dios, les daremos a los demás y a nosotros mismos, respuestas de amor y de misericordia, como el propio Jesús.
Volviendo a Moisés, dice el texto que le planteó a Dios: "Tú me ordenas que guíe a este pueblo, pero no me has indicado a quién enviarás conmigo, a pesar de que me dijiste: "Yo te conozco por tu nombre y te he brindado mi amistad" 12 Reconociendo con humildad, en el propio planteo, su falta de capacidad para responsabilizarse personalmente de la misión que le encomendaba.
Este detalle, muchas veces se nos escapa. Le pedimos a Dios que nos dé directivas de qué hacer o qué decir, pero no medimos nuestras limitaciones al momento de tener que ejecutarlas.
El reconocimiento de Moisés obtuvo la respuesta del Padre: ‘El Señor respondió: "Yo mismo iré contigo y te daré el descanso"’ 14. Tenemos que, nosotros también, lograr la misma respuesta del Padre, que sea Él mismo, en la persona del Espíritu Santo, quien nos acompañe en la ejecución.
Apliquemos la experiencia de quienes nos precedieron y cuyo testimonio quedó escrito para nuestra gracia.
Cada uno de nosotros, levantará su propia tienda del encuentro, su tabernáculo de reunión, en el lugar más apropiado y lo visitará en el momento más oportuno. Algunos lo harán delante del Santísimo, otros en la intimidad de la oración, otros reflexionando en la Palabra. Tan importante como el lugar y el momento, lo son, la familiaridad del diálogo y el reconocimiento humilde de nuestra total y absoluta dependencia del Dios trino, misericordioso y amistoso.

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