Yo soy 3D ¿y tú?

La tradición que atribuye esta historia a San Agustín, cuenta que un día venía caminando por una playa razonando sobre el misterio de la Trinidad y algunas otras cuestiones a las que no le encontraba lógica.

En un momento dado observó -sin darle demasiada importancia- que llegaba un niño que se puso a jugar cerca de él. El pequeño hizo un agujero no muy grande en la arena, corría hacía el mar, recogía un poquito de agua y regresaba corriendo a verter el líquido en el hueco, repitiendo esto una y otra vez.
Al poco rato, San Agustín se percató de lo que hacía el niño, le prestó atención muy extrañado, hasta que decidió acercarse hasta él y le preguntó:
.-"¿Qué haces, niño?".
A lo que el chiquillo contestó sonriente:
.- "Quiero meter el océano en mi hoyo".
San Agustín, con un aire racional y paternalista, le respondió a su vez:
.- "Eso es imposible".
Entonces el niño le dijo:
.- "Pues eso es lo que estás pretendiendo hacer tú, que pretendes meter en una mente finita el misterio de Dios".
Y al momento, el niño desapareció de escena. San Agustín comprendió.

Así nos comportamos muchas veces los discípulos, que nos olvidamos muy a menudo, que no somos personas 2D, sino que somos personas 3D, es decir, nuestro ser tiene tres dimensiones: Cuerpo – Alma y Espíritu (cf. 1 Tesalonicenses 5:23) y pretendemos discernir las cosas de Dios en el plano intelectual, de la razón, la lógica, los sentimientos o las emociones (nuestra alma).

Tanto es así, que nos olvidamos lo que nos enseñó San Pablo:
Nosotros no hablamos de estas cosas con palabras aprendidas de la sabiduría humana, sino con el lenguaje que el Espíritu de Dios nos ha enseñado, expresando en términos espirituales las realidades del Espíritu. El hombre puramente natural no valora lo que viene del Espíritu de Dios: es una locura para él y no lo puede entender, porque para juzgarlo necesita del Espíritu. El hombre espiritual, en cambio, todo lo juzga, y no puede ser juzgado por nadie. 1Co 2:13-15

Muchas veces nos ponemos a juzgar lo que viene de Dios, las enseñanzas de Cristo, dispuestas en la Palabra (Biblia), Tradición y Magisterio (Iglesia), en un plano de la lógica y de la razón, pensando que nuestra sabiduría humana, limitada y finita, lo puede discernir, y cuánto desaprendemos. Qué mal nos va. Las cosas del Espíritu sólo las puede discernir nuestro espíritu.

Porque ¿Quién puede conocer lo más íntimo del hombre, sino el espíritu del mismo hombre? De la misma manera, nadie conoce los secretos de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para que reconozcamos los dones gratuitos que Dios nos ha dado. 1Co 2:11-12

Es allí donde podemos encontrar el propósito de Dios para nuestra vida. Es en ese ambiente donde nos encontramos con Él, donde podemos conversar con Él, de semejante a semejante, porque Dios es Espíritu (Cf. Juan 4:24)

Por ejemplo, cuando leemos la Palabra, podemos intentar razonarla con nuestra mente o discernirla con nuestro espíritu.

Cuando la llevamos al cuarto de la razón, ahí también van a estar:
-       Las opiniones del mundo descristianizado
-       Las cuestiones históricas
-       Nuestros prejuicios
-       Nuestras creencias políticas, sociales, gremiales.
-       La propaganda anticristiana
Nos vamos a meter en un coloquio interminable e impredecible.

Viceversa, cuando nos enfrentamos con decisiones trascendentes de nuestra vida, cuántos problemas nos podemos evitar, si las llevamos al cuarto del espíritu, donde nos podemos encontrar con el Espíritu Santo, donde podemos llegar a verlas con los ojos de Cristo.

Hemos sido bendecidos con la gracia de recibir el espíritu de hijos que nos hace llamar a Dios ¡Abba!, es decir, ¡Padre! (Cf. Rom 8:15), y como muchos adolescentes, en lugar de escuchar los consejos y la experiencia de nuestro Padre, vamos a preguntarle a algún conocido, es más, vamos a preguntarle a alguien que estamos seguros, que nos va a contestar lo que queremos escuchar.

Por eso la importancia de vivir en comunidad, porque el Espíritu es comunitario. Porque cuando nos distraemos, Él se vale de nuestro pastor o de algún otro hermano, para hacérnoslo notar. Pero una comunidad real, de carne y hueso, no una virtual.

Cada vez es más frecuente, ver como el mal uso de algo tan bueno, como los medios de comunicación, internet, los mails, las redes sociales, dejan a los hermanos en las casas en lugar de venir a congregarse. Estamos confundiendo los medios con el fin. Toda esa información entra por la razón, pero es muy difícil que llegue hasta el espíritu. Es un buen principio, pero no es el objetivo final.

En el mundo hay muchas buenas personas que no son creyentes. Conocemos a muchas de ellas, preocupadas por el bien común. Personas solidarias, justas, de buen corazón. Que se integran a grupos, sociales, políticos o gremiales, para trabajar por un mundo mejor, no sólo para ellos, sino para su familia, conocidos, para el país, para la humanidad en general.

Pero son personas 2D, no conocen las cosas del espíritu. ¡Cómo necesita de ellas la Misión! Pero cómo van a saber de esto si nadie se los dice.

De ellas nos dice el Catecismo: “Aunque Dios, por caminos conocidos sólo por El, puede llevar a la fe, ‘sin la que es imposible agradarle’ (Hb 11,6), a los hombres que ignoran el Evangelio sin culpa propia, corresponde, sin embargo, a la Iglesia la necesidad y, al mismo tiempo, el derecho sagrado de evangelizar” (848).

Ayudemos a esas personas, que todos conocemos, a lograr una nueva dimensión para sus vidas, a dejar de ser 2D y convertirse en 3D.

Más allá de su salvación, que no está en nosotros cuestionarla, es calidad de vida lo que pueden adquirir desde ahora.

Lo que les podemos ofrecer es equilibrio, equilibrio que se logra, cuando el espíritu gobierna al alma y salud, cuando gobierna al cuerpo.

¿Qué podemos perder ofreciéndoselos? El no ya lo tenemos ahora.

No puede ser tan difícil: En efecto, el Espíritu se halla en el origen de los nobles ideales y de las iniciativas de bien de la humanidad en camino (Redemptoris missio 28)

Pidámosle al Espíritu Santo que nos dé la gracia, de conducirnos a su presencia cada vez que necesitemos discernir sobre los asuntos importantes de nuestra vida y también la voluntad de poder hablarle al espíritu de aquellos que todavía no saben que son personas de tres dimensiones.

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