Testigos en Jerusalén

Hoy nos vamos a concentrar en el primero de los objetivos evangélicos: ‘Hacia Adentro’ y para ello vamos a dejarnos guiar por las indicaciones de la persona que más autoridad demostró tener en cuanto a comunidades, el apóstol Pablo. Efesios 4:1-16

Lo primero que nos dice es, que cuando vamos a trabajar para la comunidad y en la comunidad, nuestra actitud debe ser de humilde servicio: Sean humildes y amables, tengan paciencia y sopórtense unos a otros con amor (2).

Y continúa diciéndonos, que sea cual sea, la actividad que desempeñemos, por encima de ella ha de estar la unidad de la comunidad: esfuércense por mantener la unidad del espíritu con el vínculo de la paz.(3) un sólo Señor, una sola fe, un sólo bautismo (5)

Por mal que pensemos que estén las cosas, no es admisible un espíritu de crítica sino de conquista, no viendo las posibles debilidades de nuestros hermanos, sino las ricas oportunidades que tenemos de servirles.

Todos podemos tener visiones y opiniones distintas, de ‘qué es lo mejor’, lo importante es saber que muchas veces lo mejor es enemigo de lo bueno, y lo bueno es: un sólo Señor, una sola fe, un sólo bautismo

Cada uno de nosotros ha recibido los dones que Cristo mismo distribuyó conforme a su plan, no los mismos dones ni en la misma proporción, pero todos ellos sumados y combinados, llegan a la medida justa y a la composición armónica, necesaria para la ejecución de dicho plan.

Él nombró a unos apóstoles, a otros profetas, evangelistas, pastores y maestros. (11) Hablando del plan misionero, se nos presentan estas actividades o misiones personales orientadas a la construcción del cuerpo místico. Sabemos que nuestros cimientos como comunidad están en Cristo y Cristo está en la Palabra.

Por eso algunos tendremos funciones apostólicas (como la del Papa, los obispos y presbíteros) Otros por la inspiración del Espíritu Santo seremos instrumentos para que Dios hable a través nuestro (profecía). Otros iremos anunciando la buena nueva y recordándola a quienes ya la conocen (evangelistas). Habrá quienes trabajen en las distintas pastorales (de los jóvenes, de la salud, de los ancianos, pastoral personal). Habrá también quienes nos encarguemos de enseñar a otros la sana doctrina (catequistas de jóvenes y adultos).

Distintas formas de hacer lo mismo: servir a nuestros hermanos, para que puedan tener un encuentro íntimo, personal y permanente con Jesús Resucitado.

Quizás alguien distraído piense que este proceso formativo, se asimile a una carrera universitaria, donde se va avanzando de curso en curso y de año en año, hasta graduarse.

No es poco común, escuchar a hermanos, diciendo: ‘hace tantos años que asisto a la comunidad’, ‘hace tantos otros que soy guía o tengo tal o cual ministerio’. Lo dicen como convencidos, que en el tiempo de desempeñar un servicio, hubiera más mérito que el de la constancia.

El Señor tiene otra forma de medir, y son los resultados.

¿Dónde pone Pablo el ‘hasta cuándo’? Según él, ¿cuándo nos graduamos? (13)

·         hasta que todos alcancemos la unidad de la fe – Lograr la unidad plena de nuestra comunidad por medio de la fe que tenemos en Quién nos llama.
·         del conocimiento del Hijo de Dios – Lograr un conocimiento, no intelectual, sino personal de Cristo. De oídas te había oído, pero ahora mis ojos te ven.
·         al estado de hombre perfecto – Haber llegado a un grado de conversión tal, que el pecado no pueda vencernos.
·         a la madurez de la plenitud de Cristo – Poder decir como Pablo, ya no vivo yo, sino que es Cristo que vive en mí.

Este ‘hasta’ de Pablo nos dice claramente, que no es el tiempo que hayamos estado haciendo algo, sino lo que hayamos logrado para nosotros mismos, para nuestros hermanos personalmente y para nuestras comunidades.

¿Puede alguno de nosotros considerarse graduado con los estándares que Pablo propone?

Si es así, ¡¡Gloria a Dios!!

¿Qué evitaremos, si nos mantenemos en un proceso de formación constante?

Así dejaremos de ser niños, sacudidos por las olas y arrastrados por el viento de cualquier doctrina, a merced de la malicia de los hombres y de su astucia para enseñar el error. (14)

Nos previene, respecto a la falta de formación cristiana. Si no nos formamos, si no nos capacitamos, si nuestra vida cristiana ha de ser un mero transcurrir, estamos expuestos a la inmadurez de nuestros estados cíclicos que un día nos ponen en el éxtasis del Lugar Santísimo y al otro en el más cruel de los desiertos.

Hoy en día, hay mucha gente que con distintas intenciones, dice estar en lo correcto, acerca de tal o cual posición, acción o pensamiento, anunciando lo mejor para el ser humano. Que está bien que la persona tenga libertad de acción y decisión, que pueda librarse de un embarazo que le coarta, de un matrimonio que le esclaviza, de una enfermedad dando fin a su vida, etc.

Lo escuchamos tanto y de tantos, que si no estamos bien parados, corremos el riesgo que ese viento de modernidad, nos quite el rumbo y nos lleve a cualquier parte.

Si los cristianos dejamos de formarnos, si dejamos de capacitarnos, si no avanzamos, retrocedemos. Porque el mundo avanza. Hoy más que nunca queda demostrado que nuestra lucha no es contra carne y sangre. El terreno de la batalla es mucho más sutil. Si no estamos preparados, es muy probable que perdamos, no sólo la batalla, sino la guerra.

Los que somos asistentes, debemos preocuparnos por nuestra formación y exigirles con amor a nuestros guías que se preparen constantemente para eso, para que nos motiven a asumir nuevas responsabilidades y servicios. Los que somos responsables de guiar comunidades o ministerios, debemos estar preparándonos todo el tiempo, para intentar conocer lo que Dios quiere que escuchen nuestros hermanos y lo que nuestros hermanos necesitan escuchar de Dios.

¿Y de las bajas, qué? ¿No nos duele el corazón cuando dejamos de ver en las misas y en las comunidades  a personas que parecían ‘tan tocadas’? Acaso no sería más fácil ayudarlos a permanecer, darles la contención necesaria, en lugar de tener que salirlos a buscar luego que se alejaron.

Pidámosle al Espíritu Santo que nos asista, que nos haga sencillos como palomas trabajando en comunidad, pero también astutos como serpientes, para saber sortear los riesgos que nos presenta nuestra comodidad personal, la rutina cristiana, el no querer capacitarnos, el dejarnos vencer por el ‘no se puede’ Pidámosle también que nos haga poner en práctica los dones y carismas que hemos recibido para servir y para servirnos, para que viviendo en la verdad y en el amor, crezcamos plenamente, unidos a Cristo. Así el Cuerpo crece y se edifica en el amor.

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