Escuchar al otro

A quién no le ha sucedido. Hacer una llamada tratando de resolver algún asunto, y encontrar del otro lado una contestadora automática, que luego de hacernos una serie de preguntas programadas, nos da una receta inapelable, indiscutible y muchas veces, insuficiente.
¿Te ha pasado? ¿Cómo te sentiste?

Resulta que muchas veces, los cristianos ante aquellos que nos acercamos para hablarles de Cristo, para presentárselos, para motivarles a que se acerquen a Él, nos parecemos mucho a esas contestadoras automáticas.

Los obispos de nuestra Iglesia nos han propuesto como método de la Misión: el método de Jesús, el estilo de Jesús: preguntar, escuchar y ofrecer

Tratándose de preguntar, con suerte, llegamos a preguntar ¿Qué sabes de Dios y de Jesús?

¿No es cierto que nunca se nos ocurre preguntar?:
• ¿Cuáles son tus necesidades?
• ¿Necesitas que Jesús haga algo por ti?
• ¿Cómo estás de complicado en tu vida?
• ¿Tienes paz en tu corazón?
• ¿Eres realmente feliz?

Y no preguntamos, o bien porque nos hemos auto-programado para hablar nosotros en lugar de permitirle a nuestro interlocutor que hable él, o bien porque nos cuidamos de no entrar en terrenos que nos comprometan a dar una respuesta, de la cual no nos parece tener la suficiente firmeza de contestar.

Por lo general en todas las charlas y reflexiones, nos preparamos para escuchar a Jesús, a Dios Padre, al Espíritu Santo, pero muy pocas veces hablamos de aprender a escuchar a los demás.

Muchos de nosotros, cuando salimos de Misión, nos armamos de algunos versículos de la Palabra, aprendidos de memoria. Cuando nos reciben o nos encontramos con alguien se los recitamos todos de una, como si fuera un estribillo, le damos un beso, le deseamos la Paz, lo invitamos a venir a la parroquia, y nos vamos con la satisfacción del deber cumplido, sin haber dejado que la persona metiera un bocadillo.

Igual que la contestadora automática, le dimos la receta, seguramente sea la mejor, quizás sea la única, la más eficiente, pero quien estuvo hablando con nosotros se quedó insatisfecho, preguntándose tal vez ¿Y que hay de mí, de mi problema, de mis necesidades, de lo que siento?

Cuando hicimos eso, Jesús se quedó sin la oportunidad de escuchar a esa persona. ¿Estamos seguros, que lo que le dijimos era lo que Jesús quería que escuchara en ese momento, lo que iba a servir de vínculo, de motivación, para atraerla hacia Él?

Si en lugar de prender la contestadora, escuchamos a la persona, si logramos vencer sus reparos y timideces, su inseguridad y desconfianza, es más probable que esa persona esté mucho más receptiva a escuchar los que Dios quiere que oiga.

Por otra parte, cuando escuchamos, le damos la oportunidad a Jesús, por medio del Espíritu Santo, de hablarle a través de nosotros. Porque al saber qué es lo que le está pasando, lo que necesita, lo que le agobia, vamos a abrir la tapa del baúl de nuestra memoria y de ahí va a fluir la palabra adecuada que está pujando por salir hacia la persona. No porque seamos maravillo-sos en sabiduría y en discernimiento, sino porque, vamos a prestar atención a lo que el Espíritu nos está diciendo que hagamos o digamos.

Pensemos un momento, cómo sería nuestra vida espiritual, si únicamente nos congregáramos para escuchar la homilía de nuestro pastor, si llegásemos a nuestros hogares, leyésemos la Palabra, cerrásemos la Biblia y a dormir. ¿Cómo sería nuestra vida sin oración? ¿Cómo sería nuestra vida si no supiésemos que Dios nos escucha cuando oramos?

Eso es lo que muchas veces hacemos con los demás. Los obligamos a escucharnos, a prestar atención a lo que les decimos, escribimos o mostramos. Pero cuando nos toca a nosotros, nos damos vuelta y los dejamos con las ganas, con sus expectativas y necesidades.

Si tenemos temor a responder alguna pregunta, no creemos en la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida, no le creemos al Maestro, ‘porque no serán ustedes los que hablarán, sino que el Espíritu de su Padre hablará en ustedes Mat.10:20

Jesús ya ha grabado en nuestro corazón y en nuestra memoria lo que necesitamos responder en cada caso y si lo dejamos el Espíritu Santo nos lo ha de revelar en el momento oportuno.

Hermanos, ni las personas son recipientes que se deben llenar de mensajes, por más buenos que estos sean, ni nosotros somos grabadoras, que tienen micrófono pero no auriculares.

Cuando los discípulos le preguntaron al Señor: "¿Por qué les hablas por medio de parábolas?

El les respondió: "A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden. Mat 13:10-13

¿Cómo podemos saber lo que pueden llegar a entender si antes no los escuchamos?

Quizás al final debamos obrar como Pedro con el paralítico del templo: Pedro le dijo: "No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en el nombre de Jesucristo de Nazaret” Hch 3:6


Pero no sin antes demostrarle a la persona, que nos interesa, que nos ha llamado la atención, que lo que le sucede es importante para Dios, porque ella es importante para Dios.

Esto nos va a permitir, ofrecer hacer una oración por la persona y con la persona, y bien sabemos lo que hace el Espíritu en esos momentos, cuántos testimonios podemos dar, de las sanidades y las liberaciones que se manifiestan en ese tipo de oración y en ese momento.

Es muy probable que la necesidad de la persona no la podamos resolver en ese preciso mo-mento, que deberemos ayudarle a buscar una solución mientras también, le ayudamos a en-contrarse con Jesús resucitado, pero ese es otro tema.

Pidámosle al Espíritu Santo que nos recuerde, que nos ha sido dada una sola boca y dos oí-dos. Que nos llame la atención cuando queremos hacer el trabajo de Él, que nos recuerde que somos el vehículo, el transporte, el instrumento, a través del cual, Él se manifiesta.

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