Color Esperanza

Hemos asistido recientemente, a una gran movilización de nuestra sociedad, que llena de algarabía, ha salido a las calles y a las plazas a festejar los triunfos de nuestra selección de fútbol en el campeonato mundial. Según los sociólogos ha cambiado el humor de los uruguayos. "La gente se saluda más, se pelea menos, camina más rápido, tolera mejor esperar en las colas, los clientes son más respetuosos y los oficinistas o vendedores más amables"

caravana Mientras veíamos tanto fervor y alegría, pensábamos en el disparador de la misma, qué era lo que hacía que tantas personas tan distintas en sus clases sociales, simpatías políticas y de clubes deportivos, niveles educativos y edades, se unieran en torno al emblema patrio, que nos une y nos identifica como pueblo. Seguramente, serán más de una las causas, pero sin duda que una de ellas es el triunfo. Es el triunfo, el que renueva la esperanza. Ya sean deportivos, políticos o culturales, los triunfos alientan y motivan al hombre común, a renovar sus esperanzas. Es ante el logro de aquello que parecía tan difícil de alcanzar, donde se renuevan las expectativas y se desempolvan los viejos proyectos y antiguas causas, que fueron dejados de lado luego de intentos infructuosos.

¿Qué tiene que ver este asunto en la reflexión de una comunidad cristiana? Entendemos que esta reacción del hombre común, nos reafirma nuevamente, las posibilidades que tiene la Misión para hacerle llegar el mensaje de esperanza más antiguo y trascendente de todos los tiempos, el mensaje de la Buena Nueva, el mensaje de Cristo.

El Catecismo nos enseña respecto a la esperanza: La virtud de la esperanza responde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad. 1818

Es decir, Dios puso en el corazón del hombre, un ‘anhelo de felicidad’ para motivarlo a buscar satisfacción de dicho anhelo en su reencuentro con Él. La esperanza colabora dentro del plan de papito Dios, para que sus hijos, seamos felices y lo seamos en abundancia.

Pero resulta que cuando el hombre común, no sabe dónde buscar o le cuesta esperar, intenta llenar ese vacío de felicidad con hechos, sentimientos, o bienes, que le satisfagan aunque más no sea temporalmente. Sabe que esa satisfacción es perecedera, que la alegría del triunfo dura un momento, que los sentimientos no son constantes, que los bienes llegan a aburrir.

Esto no es nuevo, les pasaba a los judíos, que una y otra vez se equivocaban y hacían enojar al Padre, buscándose ídolos que les dieran una seguridad aparente, que el espacio estuviera siendo ocupado. La búsqueda se le vuelve adictiva.

Qué curioso, en el Antiguo Testamento se menciona la palabra esperanza, en 52 oportunidades, en los Evangelios Sinópticos, apenas en 2 oportunidades y en los Hechos de los Apóstoles y la cartas 58 veces, versículo más o menos y dependiendo de la traducción. ¿Qué es lo distinto entre estos libros? que en los Evangelios está Cristo presente, mientras que en el AT se le anuncia y en el trabajo de los apóstoles, se vuelve a esperar, esta vez su segunda y definitiva venida. Pablo lo explica así Porque solamente en esperanza estamos salvados. Ahora bien, cuando se ve lo que se espera, ya no se espera más: ¿acaso se puede esperar lo que se ve? Rom 8:24  Es decir, Cristo es la esperanza en persona, y cuando se le veía cuando estaba físicamente presente, no era necesario sustituirlo por la esperanza, pero antes y ahora, le esperamos sin verlo, y se hace necesario recurrir nuevamente a ella.

Jesús también lidió con la esperanza, veamos qué nos enseña en su encuentro con la samaritana: Juan 4:1-15

La samaritana como nosotros centra el principio de su encuentro con Jesús, en una necesidad, en el caso de ella el agua. Esa necesidad la hace depender de algo concreto, el pozo de donde la obtiene y de los elementos necesarios para sacarla de ahí. Jesús le responde con una oferta trascendente El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna"
Le ofreció y sigue ofreciendo a todo aquel que quiera aceptar, una solución permanente a sus necesidades, y no para después del Juicio, sino para que empiece aquí y ahora y ‘hasta la Vida eterna’

La mujer, como muchas veces nosotros, enseguida comenzó a plantearse situaciones ceremoniales, y a explicarle por que los samaritanos adoraban en el monte Garizim en lugar de hacerlo en Jerusalén. Quitó su centro de atención de aquel, quien le estaba haciendo la oferta más importante de su vida, planteándose cuestiones de forma. Muchas personas tienen esa reacción aún entre hermanos que conocen de Cristo. Y cuando la razón de su esperanza, no es satisfecha en sus tiempos, comienzan a reprocharse si estarán cumpliendo con rituales imaginarios. Aparecen los ídolos.

Jesús le enseña y nos enseña, que no es en lo concreto o en lo ritual, donde nos encontramos con Él, sino a través del espíritu y la fe.

Ustedes adoran lo que no conocen: Es decir buscamos satisfacer nuestras necesidades de felicidad en cualquier parte menos donde realmente está. Ponemos nuestra esperanza en lugares equivocados. Hasta supersticiosos nos volvemos. El dios que el hombre común conoce, es un dios proveedor, que cuando no atiende las llamadas, se sustituye por otra fuente.

porque la salvación viene de los judíos: La satisfacción es Jesús, la esperanza se concreta en Él. El pueblo de Dios, antes los judíos, ahora todos los cristianos, conoce el principio y fin de la esperanza. Sabe lo que busca.

los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre: No dependemos de ritos que sólo consisten en ceremonias exteriores y figurativas, ni de nadie más que del Espíritu Santo y de la fe que nos comunica. Cierto es, que a Él lo encontramos en la comunidad de la Iglesia y en comunidad nos bendice, nos instruye, nos enseña, nos une, nos fortalece. Que nuestras ceremonias tienen por fin orar al Dios Trino, reencontrarnos con Él y recibir su bendición, pero no como un formalismo sino como un intensa comunión de espíritus.

Volviendo a la cuestión planteada más arriba, las posibilidades de la Misión de hacerle llegar al hombre común, el mayor mensaje de esperanza conocido, debemos reconocer que como toda posibilidad, entraña un desafío. Como discípulos de Cristo debemos mostrarle al hombre común, dónde hallar la fuente del agua viva que satisface en forma permanente el anhelo de felicidad que hay en su corazón.

Por eso es muy importante, que además de llevar el mensaje correcto, la presentación sea la adecuada para su entendimiento. Jesús durante su ministerio, le mostró a los apóstoles y a la gente, todo lo bueno que podía hacer por ellos, antes de explicarles que tenía que ir de vuelta al Padre. Sabía que si antes no les mostraba que podía sanarlos, restaurarlos, perdonarlos, no iban a creer que era el Mesías que tanto esperaban y que asociaban como la solución a sus problemas. De entrada no les habló de su pasión muerte y resurrección, sino que les mostró el porqué era importante para ellos que lo siguieran.

El hombre común no quiere esperar, vive en un mundo de llame ya, téngalo ahora y pague después. Quien gobierna este mundo, es un artífice de la ansiedad. Es por eso que la esperanza que le transmitamos, no debe ser la de largo plazo, en el primer momento, en el primer encuentro, necesita escuchar lo urgente para que más adelante pueda escuchar lo importante.

El hombre común necesita ver triunfos, saber de triunfos y nosotros se lo podemos dar a conocer. Sabemos que el mejor triunfo de todos es el de Jesús campeón universal de la creación que venció entre otros al pecado y a la muerte. Pero eso el hombre común no logra entenderlo está muy lejos en sus necesidades de corto plazo.

Pero podemos mostrarle nuestros pequeños grandes triunfos de hoy día. Por ejemplo:
  • tu vida restaurada, como eras antes de conocer a Cristo y cómo eres ahora.
  • las sanidades que has experimentado, tanto espirituales como físicas
  • los traumas y conflictos de los que te ha sanado
  • el estrés del que te libera cada vez que te encuentras con El.
  • las respuestas que te ha dado respecto al propósito y sentido de tu vida
  • la carga que te ha quitado al saberte perdonado
  • la tranquilidad de aceptarte y aceptar a los demás, tal cual son
  • el beneficio de la humildad
  • la alegría del agradecimiento
  • la paz en la tormenta
Todos esos triunfos se los podemos mostrar aquí y ahora, multiplicados por todos los que hemos visto en otras personas y de los que somos testigos.

Cuidado, tengamos buena memoria, no sea que también nosotros nos volvamos exitistas y perdamos de vista todas las bendiciones que hemos recibido y recibimos a diario, al punto de que no les demos el lugar que ellas merecen y que ni a nosotros nos estén motivando. Si no nos mantenemos encendidos es imposible que encendamos a otros. No en vano, nuestro
Padre, le ordenó a Moisés: Escribe esto en un libro, para que sea recordado Exo. 17:14

Pidámosle al Espíritu Santo, que nos lo haga recordar permanentemente, tanto para transmitirlo a los demás como para llenar nuestros vacíos y nuestros anhelos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario