El dedo acusador

Es bastante común de observar, entre los hermanos, alguno de nosotros, que encandilado por la poderosa luz de la santidad de nuestro Señor, despierta un espíritu crítico, y se escandaliza por actitudes, lenguaje o comentarios, de otros hermanos, que descuidando su filiación de hijos de Dios, hacen notar su desprolijidad, incluso dentro del ambiente parroquial.
En esa situación, nos podemos encontrar con personas, que vaya a saber con qué intenciones, vienen a poner el pie, para hacernos zancadillas, en nuestro camino peregrino. Son aquellos de los que la Palabra advierte: Ellos salieron de entre nosotros, sin embargo, no eran de los nuestros. Si lo hubieran sido, habrían permanecido con nosotros. Pero debía ponerse de manifiesto que no todos son de los nuestros. 1Jn 2:19. De ellos debemos cuidarnos y fundamentalmente estar atentos y vigilantes, cuidando la unidad de nuestras comunidades, blanco preferido de quien los utiliza. Diciendo como Miguel ‘Que el Señor te reprenda’

Pero también en esta situación, hay hermanos cuya conversión está demorada.

Por lo general, son personas inmaduras espiritualmente, no necesariamente jóvenes, conocemos jóvenes muy sabios y adultos que no se han desarrollado.

Los hay jóvenes, viejos, guías, guiados, activos, pasivos, comprometidos e indiferentes. La inmadurez se puede manifestar en las personas que recién están conociendo de Cristo y en aquellas que recién están empezando a desarrollar una misión, ministerio o servicio.

Es poco frecuente, que ante estas personas o sus actitudes, nuestra reacción sea la que Jesús espera de nosotros. Por lo general, cuando algo no cierra con nuestros esquemas mentales, también en nuestra vida cristiana, surgen nuestros prejuicios, la crítica, el señalamiento, el castigo socio-comunitario. Tendemos a segregar, a separar, y hasta nos pasa por el pensamiento, que sería bueno, expulsar a esas personas de nuestro grupo.

Dios padre, refiriéndose a este tipo de personas, nos dice a través del profeta Oseas: ‘Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo.’ (11.1)

Es decir, cuando todavía éramos jóvenes e inmaduros en la fe, Dios igual nos amaba y nos rescató de nuestra antigua condición de esclavitud y ostracismo, léase pecado.

La pregunta es ¿qué hacer en esas situaciones? ¿Cómo actuar con esos hermanos? ¿Qué haría Jesús en nuestro lugar?

Busquemos la respuesta en el episodio del llamado al apóstol Mateo.

Cuando Jesús se dio cuenta de la actitud de los fariseos – actitud que muchas veces imitamos cuando nos ponemos en legalistas – les reprendió diciéndoles: Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores". (Mat 9:13)

El único que podía ponerse en juez, el único que pagó algo por estas personas, el único que se humilló por ellas, sufrió por ellas, dio su vida por ellas, habla de misericordia. Nosotros que como mucho, nos hemos fastidiado, nos ponemos la toga.

Dice la palabra en el mismo episodio que Como Jesús estaba comiendo en casa de Mateo, un buen número de cobradores de impuestos y otra gente pecadora vinieron a sentarse a la mesa con Jesús y sus discípulos. (v. 10)

Observemos la estrategia de Jesús. Mateo recién convertido invitó a su casa a muchos pecadores para que vinieran a conocer a Jesús.

Muchos de nosotros, como los fariseos, ni siquiera les dirigiríamos la palabra y nuestra falta de misericordia para con ellos, nos dejaría quizás muy sanos, pero sin ningún enfermo a quien atender y ayudar a sanar. (v. 12)

Sin embargo, es impresionante ver como personas recién convertidas, rescatadas del pecado, salen a compartir la gracia que han recibido, con sus iguales, con otros pecadores como ellos. Ahí actúa la gracia como un virus, pero al revés, sanando en lugar de enfermar. Contagiando a los enfermos en lugar de a los sanos.

Es muy fácil de perder nuestras referencias y pensar que la Iglesia de Cristo, termina con diez señoras muy católicas, encerradas en un templo orando. De ninguna manera. Así como es de importante la oración de esas señoras, lo es el andar entre la gente enferma espiritualmente. Dejar que vengan y se acerquen a nuestra comunidad, a nuestro templo, pero interesadamente. No para que los demás piensen qué liberales y desprejuiciados somos. Para que conozcan de Cristo y a Cristo.

Si los echamos de nuestras comunidades. Si los miramos por encima del hombro y les huimos como a la lepra. ¿Quién les va a hablar de Cristo?

También es necesario ser prudentes y trabajar por su salud, sin contagiarnos nosotros.

Hablamos de dos grandes tipos de situaciones: por mala fe y por inmadurez. ¿Cómo discernir cuando es una o la otra?

Si la armonía y la unidad de una comunidad o un grupo, o el cuerpo mismo, están en riesgo, lo primero que debemos hacer es buscar a la autoridad delegada más cercana a nosotros. A nuestro guía, el guía a su supervisor o directamente a nuestro padre y pastor.

Si no se aprecia este tipo de riesgo, tenemos margen para aplicar el tratamiento.

Nos referimos a enfrentar estas situaciones con la Palabra de Dios.

Si vamos con nuestros juicios y recomendaciones, nos van a estar viendo a nosotros, con nuestros defectos y nuestras debilidades.

Sin embargo, si logramos mostrarles a Cristo y sus enseñanzas, el que está con nosotros y es todavía inmaduro, comenzará a desarrollarse y a sanar.

El otro, el que estaba con nosotros, pero no era de los nuestros, huirá espantado, porque no podrá soportar la Palabra.

En uno u otro caso, será Jesús quien decida y el Espíritu Santo quien convenza. Nosotros actuaremos como Mateo, invitándolos a que se sienten a la mesa con el Maestro. Que conversen con Él, que lo vean, quizás hasta puedan comer con Él.

Jesús nos prometió: Estas señales acompañarán a los que crean: en mi Nombre echarán demonios y hablarán nuevas lenguas;" tomarán con sus manos serpientes y, si beben algún veneno, no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y quedarán sanos. (Mar 16:17-18) Y sabemos que no miente, ni fantasea, por lo tanto, no temamos y segreguemos a estos hermanos que están enfermos y necesitan del único Médico que los puede sanar y salvar, por miedo a que nos contagie, por un falso puritanismo.

Seamos misericordiosos como nuestro padre (Luc. 6:36)

Sin nuestra misericordia, es poco probable que sean escuchadas nuestras oraciones. Aprendamos entonces qué quiere decir: ‘quiero misericordia no sacrificios’

Si todavía dudas, si todavía no estás seguro que vale la pena, piensa en ti mismo, antes de convertirte a Cristo ¿merecías tu oportunidad? Ellos también.

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