El qué y el cómo

Luego de la fiesta de Pentecostés, pensando en las posibilidades que el Espíritu Santo nos puede dar lingüísticamente, un nuevo lenguaje para alabar a Dios y un nuevo lenguaje para hablar de Dios, nos planteamos la cuestión: ‘qué necesita escuchar la gente’.

De la respuesta, que necesita tanto ‘escuchar’ como ‘ver’, el amor de Dios en acción, llegamos a la conclusión, que ese amor se manifiesta a través de sus discípulos, es decir de nosotros. Nos cuestionamos el porqué de nuestra incapacidad de poner en obras lo que decimos creer y nos descubrimos hablando de nuestro egoísmo.

Buscando la ayuda del Señor, para vencer esta limitación, nos encontramos con la recomendación de Pablo: es preciso recordar las palabras del Señor Jesús: 'La felicidad está más en dar que en recibir'. (Hechos 20:35) Una vez más, nos sorprendió la sencillez de la fórmula. Una vez más el Señor nos dice el ‘qué hacer’.

En nuestro diario vivir, encontramos diagnóstico para todo. Por lo general, con la persona que hablemos tiene una opinión formada sobre lo que se debe hacer, para solucionar cualquier tipo de situación. Pero cuando le preguntamos, cómo hacerlo, ahí desaparecen todos los argumentos.

Con Jesús es distinto. Él no sólo nos dice el qué sino también el cómo. Por ejemplo, si le preguntamos cómo aplicar el ‘dar en lugar de recibir’, nos contesta: Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas. (Mat.7:12) Nuevamente, la sencillez de la fórmula nos descoloca.

Esta fórmula es clásica y se conoce como “regla de oro” y ya estaba en la cultura judía y de otros pueblos de la antigüedad; aunque era citada de manera proverbial sobre todo en su forma negativa, es decir, “no hagan a los otros lo que no quieren que ellos hagan con ustedes”. Pero Jesús le quita la pasividad, y la sentencia como un principio de acción positivo.

Aún va más allá, proclamando que toda la Enseñanza, se resume en ella.

Una vez más, quita el centro de atención en nosotros mismos y nos libera de estar permanentemente mirándonos el ombligo y quejándonos, de lo que esperamos de los demás y no llega, de nuestros merecimientos – según nuestra perspectiva – que no son contemplados.

A la vez nos reviste de la humildad necesaria para reconocernos incapaces de actuar conforme a lo que de nosotros se espera, librándonos del juicio a los demás, al permitirnos comprender, que quizás el otro tenga las mismas limitaciones que nosotros, para actuar conforme a nuestras expectativas.

Hay muchas situaciones y necesidades, que nos quitan la paz, que hasta nos alejan de Dios, nos distraen y nos llenan de ansiedad. En lugar de liberarnos de ellas, nos dejamos apresar por ellas.

Veamos algunos ejemplos:

a) La viuda que dio todo lo que poseía – (Marcos 12:42-44) necesitaba de los demás mucho más que las dos pequeñas monedas de cobre, que dio como ofrenda, sin embargo, ella las entregó y a cambio recibió la atención del Señor y probablemente – no lo dice la Palabra – las bendiciones y el oportuno socorro, que Jesús le devolvió por su generosidad.
b) El joven rico – Mateo 19:16-24 - perdió la posibilidad de ser un discípulo de Cristo, por aferrarse a sus riquezas, y a cambio lo que consiguió fue tristeza.

Usamos estos ejemplos, porque son gráficos, pero la fórmula no se debe acotar únicamente al dinero u otros bienes materiales. Hay muchos hermanos, que les resulta mucho más fácil pagar con dinero, lo que escatiman con el corazón.

Muchas veces tratamos de apagar nuestras conciencias, dando de aquello que nos sobra o que no nos causará demasiada inquietud al desprendernos. Sin duda esas cosas o hechos, o actitudes, no son las que esperamos de los demás, por eso las damos.

A veces somos avaros e incapaces de dar una ofrenda, o una pequeña ayuda al hermano que nos necesita, pero nos regodeamos de estar hablando y dando consejos, donde no se nos piden o no son oportunos. Seguramente, esa avaricia nos hace esperar y reclamar de Dios o de los hombres, retribuciones o regalos.

Otras veces, quisiéramos que nos vinieran a dar ánimo, a consolar, a fortalecer, a hacer una oración por nosotros, pero miramos para otro lado cuando esto mismo se lo tenemos que dar a otro, intentando muchas veces ‘compensar’ – como se dice ahora – con regalos o dinero, nuestra falta de atención.

El ser agradecidos, sin duda nos ayudará a reconocer, que estamos obteniendo de Dios o de los hombres, las gracias que esperábamos y probablemente se inquietará nuestro corazón por retribuir esas gracias. Si el corazón está endurecido y sólo reclama para sí, ha de ser muy difícil que tengamos esta perspectiva.

Otro aspecto a tener en cuenta. Jesús nos dice que hagamos por los demás lo que esperamos de ellos. Es decir, nos habla en plural, no de una forma recíproca. Es decir, no le hago un bien a uno del que espero el mismo bien. No le doy algo a uno, del que espero recibir un bien equivalente. Hago el bien en general y soy generoso en general, porque eso el lo que me gusta recibir de Dios y de los hombres, lo que me hace sentir bien, lo que me trae paz.

Esta fórmula crea un circuito de bendiciones que nos lleva a buscar las gracias y la misericordia del Padre y nos capacita para ser instrumentos de las mismas, canales, para que puedan llegar a aquellos que todavía no lo conocen.

Pablo lo explica así: Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos reconforta en todas nuestras tribulaciones, para que nosotros podamos dar a los que sufren el mismo consuelo que recibimos de Dios. 2Co 1:3-4

El Maestro no se conforma, con darnos el qué, también el cómo, sino que además le agrega una buena dosis de motivación.

¿Te resultaría más fácil darle a Jesús mismo lo que reclamas para ti? ¿Verdad que sí?

Bueno, Él nos dice: 'Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo'. (Mat.25:40)

Recibimos del Padre, por los méritos de Jesucristo, a través del Espíritu Santo, lo transformamos en obras, con el énfasis puesto en aquello que nosotros más necesitamos y donde ponemos toda nuestra atención, y lo canalizamos hacia los demás, en el nombre de Cristo y para la mayor gloria de Dios.

Oh Divino Maestro, Haz que no busque ser consolado sino consolar; Que no busque ser comprendido sino comprender; Que no busque ser amado sino amar; Porque dando es como recibimos; Perdonando es como Tú nos perdonas; Y muriendo en Ti es como nacemos en Vida Eterna. (Atribuido a San Francisco)

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