Renovación Carismática III

Introducción:
Hoy seguiremos compartiendo uno de los artículos publicados en el boletín Nº 16, de marzo 2008, en el que nuestros hermanos de la Renovación de Madrid, reflexionan sobre los dones que hemos recibido y los compromisos que ello implica.
Desarrollo
6.- EL CARISMA, MEDIO DE SANTIFICACIÓN

Hemos dicho que el carisma no es directamente para nuestra transformación, no es un don santificante: es una gracia que nos da el Señor sin ningún mérito nuestro, gratuitamente, para poner al servicio de los demás. Pero al ejercer los carismas, los ministerios se convierten en un lugar para nuestra santificación; ejerciendo los carismas nos purificamos, morimos a nosotros mismos y nos santificamos. Y si al ejercer los carismas se producen esas purificaciones, pues quizás eso sea lo que nos echa para atrás porque, como decía la Madre Teresa de Calcuta: “la santidad duele”.
Pedro Reyero afirmaba: “tener un carisma no es para nuestra gloria, sino para nuestra humillación”. ¿Y qué quería decir con esto? Pues quería decir que ejerciendo el carisma que nos haya regalado Jesucristo es como vamos a morir a nuestro hombre viejo, para que el hombre nuevo, que es Jesucristo, viviendo en nosotros, crezca. Es el ejemplo precioso de Juan el Bautista. Juan tenía un carisma, se le había encargado un ministerio de parte de Dios: preparar el camino al Señor, proclamar la conversión, anunciar que el Reino de Dios estaba cerca, que el Mesías iba a llegar. Y este hombre se santificó ejerciendo ese carisma, porque cuando aparece Jesús, se hace a un lado y desaparece. A sus propios discípulos, a los que él con su trabajo, con su esfuerzo, con su predicación había congregado a su alrededor, les dice: “Yo no soy. Aquel es el Cordero de Dios”, y señala al Mesías y les pone en camino hacia él, desprendiéndose de ellos: “Ese es el Cordero de Dios, ese es el que puede quitar realmente el pecado del mundo, ese es el que bautiza con fuego y Espíritu Santo” (cf. Mt 1,11; Jn 1, 17s). ¡Ha llegado el novio!, yo me alegro con él, pero me hago a un lado porque la gloria es sólo suya (cf. Jn 3, 28-29). Ejercer un ministerio es dejar que Jesús crezca y se manifieste e ir desapareciendo nosotros para que el único que se muestre sea Jesucristo. Es desaparecer nosotros para que sólo Jesucristo se pueda manifestar, ser sólo un vehículo, un instrumento, como se decía cuando yo estaba en el colegio, hace ya mucho tiempo, con una frase un poco cursi: Ser un camino que se utiliza y se olvida. El Salvador solo es él, y si estamos apareciendo nosotros, ¡mala cosa!
¿Qué es adorar? Adorar no es ponerse delante del Señor buscando estar muy a gusto, a ver si tengo un éxtasis, una visión o levito. No, es postrarse en tierra, con el rostro humillado, desapareciendo totalmente para que sólo el Señor resplandezca. Él es el “Todo” y yo, su criatura, soy nada, por eso, reconociéndolo, le adoro.
¿Qué es discernir? Discernir es morir a nuestros propios esquemas, a nuestras propias formas de pensar, a nuestros juicios, a nuestros planes, a nuestros proyectos, para estar simplemente a la escucha del Señor, y a la escucha de los hermanos, para saber por dónde él quiere conducir a su pueblo.
¿Qué es el carisma de acoger? Es morir a nuestras simpatías o antipatías humanas y tener la misma mirada y el mismo corazón que Jesús para recibir a cada uno de los hermanos con amor, sin hacer acepción de personas.
¿Qué es la música? No es para lucimiento personal de una persona que canta muy bien o de una persona que es un virtuoso con determinado instrumento. No, todos tienen que desaparecer, como Juan el Bautista, para ser simplemente una pista que se deja pisar a fin de que la alabanza del pueblo surja; y después hacerse a un lado, sin ningún protagonismo. Entonces es realmente un ministerio al servicio de la alabanza del pueblo.

Eso es lo que deben ser los carismas, y así podríamos continuar con cada uno de ellos Sólo si morimos a nosotros mismos, si desaparecemos nosotros y dejamos que sólo Jesús aparezca, estamos ejerciendo bien nuestro ministerio. Pero esto duele.
7.- CARISMA Y VOCACIÓN

Ejerciendo el carisma es como damos un sentido profundo a nuestra vida y, además, alcanzamos la felicidad. En las últimas palabras del texto de san Juan, Jesús nos dice: “Sabiendo esto seréis dichosos sí lo ponéis en práctica”. ¡Dichosos! El hombre tiene la tendencia a encerrarse en sí mismo: en sus cosas, sus preocupaciones, su salud, su bienestar económico, su familia, sus hijos, su pequeño círculo de amigos… y está bien, porque el hombre tiene que vivir su propia historia personal; pero si se queda sólo ahí, nunca estará satisfecho, no será realmente feliz. No sólo tenemos que vivir y dar cuenta de nuestra historia personal, sino que formamos parte del plan de salvación de Dios para el mundo. Ninguno de nosotros ha nacido por casualidad: ha venido a este mundo porque desde toda la eternidad Dios le ha amado, ha pensado en él, le ha llamado a la existencia con una vocación, una misión, un lugar y un papel en el plan de salvación. Descubrir y aceptar este lugar que tenemos en el cuerpo de Cristo, ese lugar que Dios ha destinado a cada uno de nosotros antes de la creación del mundo porque nos ama y quiere que seamos felices, es lo que da sentido a nuestro existencia, lo que armoniza toda nuestra vida -que a veces está dispersa con tantas cosas que nos tiran para aquí y para allá- y la centra en Dios. Y, además, es lo que nos hace dichosos, lo que nos deja realmente satisfechos, con ese gozo que no es el del mundo, sino el gozo que nos anuncia Jesús, ese gozo que él nos da y nada ni nadie nos puede quitar.
8.- TRANSFORMARSE EN DON

Y por último, ejercer un carisma no es algo puntual que hacemos los martes de cinco a seis o los viernes de ocho a nueve. No, ejercer un carisma es dejar que ese carisma nos posea cada minuto de nuestro día, cada día de nuestra existencia, y así todo nuestro ser se vaya transformando. El ministerio de enfermos no es hacer una visita a los enfermos de la comunidad un determinado día, sino dejar que el Señor transforme nuestro corazón en un corazón de compasión como el suyo que se estremezca ante todo sufrimiento humano; acoger no es estar un día de la semana recibiendo a los hermanos para dedicarles una sonrisa y darles un abrazo: es dejar que el Señor transforme el corazón en un corazón de acogida, en un corazón siempre abierto: abierto a nuestra familia, abierto a nuestros vecinos, a nuestros compañeros de trabajo, a la gente que encontramos por la calle, a los pobres que nos salen al encuentro. Interceder no es rezar un día concreto, por un hermano concreto, por un problema concreto… Es convertir toda nuestra vida, nuestro trabajo, nuestra oración, nuestra existencia en una intercesión continua, que está implorando ante el trono del Cordero y ofreciendo la propia vida por las necesidades de la Iglesia y por las necesidades del mundo. Y podríamos seguir con todos los ministerios.
Maria Jesús Casares
Aplicación
En resumen, ejercer un ministerio no es hacer un trabajo un día determinado, en un momento determinado: es dejar que el Señor irrumpa en nuestra vida y a través de ese carisma nos transforme a nosotros mismos en carisma, en don, en gracia, en unción, en alabanza, en adoración, en intercesión, en música, en acogida, en amor a los más pobres, en compasión por los que sufren… ¡Que seamos nosotros mismo el don! ¡Que seamos nosotros mismos el carisma!, para que todo el que se acerque a nosotros pueda entender un poco mejor cómo es el corazón de nuestro Dios.
Así como un músculo, sin actividad se atrofia, se inutiliza, así un carisma que se recibe y no se pone a trabajar, se apaga. Tú, por el sólo hecho de pertenecer a la Renovación, ya has sido bendecido con algún carisma, ¿lo estás ejercitando? ¿estás permitiendo que se convierta en don? ¿no estás seguro?, recuerda, siempre le puedes preguntar: ¿Qué debo hacer Señor?

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