Renovación Carismática II

Introducción:
Hoy seguiremos compartiendo uno de los artículos publicados en el boletín Nº 16, de marzo 2008, en el que nuestros hermanos de la Renovación de Madrid, reflexionan sobre los dones que hemos recibido y los compromisos que ello implica.
Desarrollo
4.- EJERCICIO DE LOS CARISMAS

En el ejercicio de un carisma en un ministerio yo destacaría tres características como las más importantes:

1. La primera, que ha puesto el Señor en mi corazón con gran fuerza, es que servir al Señor es un privilegio. Debemos ser conscientes de que es un privilegio, un regalo, que el Señor cuente con nosotros, que confíe en nosotros, que nos dé una misión, que nos mendigue que le ayudemos en la construcción de la comunidad, en la renovación de su Iglesia. Deberíamos tener presente esto: que es el Rey de reyes y el Señor de señores el que llama a nuestra puerta para pedirnos que le ayudemos en la extensión del Reino, el que nos pide, por favor, que colaboremos con él, diciéndonos: ¡te necesito!, ¡confío en ti!, ¡cuento contigo!

2. La segunda característica es que a quien servimos realmente es a Jesús: estamos sirviendo a Jesús cuando servimos a los hermanos, estamos sirviendo a Jesús en su cuerpo, en su cuerpo pobre, necesitado, débil... Y si servimos a Jesús, tampoco podemos decir esas cosas que a veces oímos: Es que yo en mi ministerio parece que no valgo nada; es que nadie valora lo que hago; es que soy el último mono… Si el Señor te ha concedido un carisma y tú lo estás ejerciendo con amor, con dedicación, con vocación… ¿crees que Jesús no se entera?, ¿crees que no lo valora?, ¿crees que Jesús no tiene en cuenta hasta un alfiler que cojas del suelo en favor de tus hermanos? Pues si él lo hace, ¿qué te importa lo demás? Si los hermanos nos agradecen el servicio, mejor para ellos porque tendrán un corazón bueno y agradecido; si nos critican, peor para ellos, porque tendrán que confesarse. Pero yo diría que casi, casi, mejor que no nos lo agradezcan por aquello que dijo Jesús: (cf. Lc 14, 12-14; 6,27-35). ¿Y qué mejor recompensa que Jesús? ¿Qué mayor premio podemos pedir? Además Jesús, generosamente, afirma que ni un solo vaso de agua fresca dado en su nombre quedará sin recompensa (cf. Mt 10, 42).

3. Y la tercera característica es la humildad. He elegido para iniciar la enseñanza ese texto de san Juan, porque en él Jesús nos da ejemplo -como él mismo dice: “Os estoy dando ejemplo para que hagáis lo mismo”- de una profunda humildad. Jesús se quita el manto –y sabemos que el manto era la señal de dignidad de los judíos- se ciñe una toalla y se arrodilla a los pies de los discípulos para lavárselos. Ningún judío se arrodillaba delante de otro hombre. Los judíos sólo se arrodillaban delante de Yahvé, porque su dignidad de hijos de Dios, su dignidad de hijos de Abraham, no les permitía arrodillarse delante de otro hombre. Eso sólo lo hacían los esclavos. Sin embargo Jesús, como un siervo, se arrodilla a los pies de sus discípulos. Jesús nos enseña a servir arrodillándonos, arrodillándonos delante de lo más pobre de nuestros hermanos, que eso es lo que representan lo pies. No servimos desde nuestra dignidad, desde la consideración de que somos mejores que los demás porque tenemos un don, un carisma; servimos en pobreza, en humildad, desde el abajamiento, desde saber ponernos de rodillas ante lo pobre de los hermanos y amarlo.

No se sirve desde lo alto sino abajándose como Jesucristo. Es tanta la importancia de este signo de Jesús que Juan, el discípulo amado, sustituye el relato de la institución de la Eucaristía en la última cena, que nos cuentan los otros tres evangelistas, por el lavatorio de los pies. Y lo hace así, porque en realidad, este lavar los pies a los hermanos, este servir a los hermanos, este arrodillarse ante los hermanos, es también una eucaristía: es la celebración de una eucaristía de amor preciosa desde el don de la fraternidad. De un carisma puesto al servicio de los hermanos podrían decirse muchas más cosas, pero yo creo que las tres más importantes son las que he apuntado:

1º Saber que es un privilegio y tener un corazón agradecido porque el Señor nos llame a servirle;

No esperar ninguna compensación, porque nuestra recompensa es Jesús y a quien servimos es a Jesús;

Ejercerlo como lo hizo Jesús: arrodillándonos ante lo pobre de los hermanos por amor.

5.- CARISMAS Y EVANGELIZACIÓN
Los carismas existieron siempre en la Iglesia. Se derramaron con profusión en aquel primer Pentecostés y en aquella primera comunidad, y aquella gente se lanzó a ejercerlos con un entusiasmo ¡tan grande! que un puñado de hombres evangelizaron el mundo, desde la proclamación, con valentía, de la resurrección de Cristo, con la profecía, la predicación, la sanación, los milagros... Pero, sobre todo, evangelizaron desde el servicio, desde la alegría, desde el amor, desde el poder decir los que los veían: ¡Mirad cómo se aman! Porque, sin el amor, hasta el carisma más enorme es paja y fuego de artificio: no vale para nada. La Renovación ha sido un nuevo Pentecostés; un nuevo Pentecostés, porque la Iglesia necesitaba también hoy esta lluvia de carismas, ya que estaba muy institucionalizada, muy estructurada, muy jerarquizada, y los carismas, en cambio, prácticamente habían desaparecido de la vida de los fieles. Y la Iglesia tiene necesidad de ser las dos cosas: institucional y carismática. Por eso, el Espíritu Santo, soberanamente, quiso que así fuera, y nosotros hemos tenido la suerte de vivir este tiempo y de que el Señor nos haya llamado a esta corriente de gracia, recibiendo esta lluvia ingente de carismas que nuestro Dios ha derramado generosamente para toda la Iglesia a través de la Renovación Carismática. Un torrente de gracia que nos empapa, nos da poder y nos empuja a servir y evangelizar en el nombre de Jesús, tal como hicieron los primeros discípulos. A ellos, la venida del Espíritu los despojó de sus miedos, transformó sus vidas, les abrió la mente y el corazón para comprender el misterio de la vida, la muerte y la resurrección de Jesús, pero no los dejó encerrados en sí mismos: se pusieron al servicio de todos los hombres, siendo testigos de lo que habían recibido. Al principio de la Renovación también fue así: los hermanos se sintieron llenos del poder de lo alto, llenos de carismas, y se lanzaron a ejercerlos. Pero a mí me parece que estas gracias están hoy disminuyendo en la Renovación, que en los grupos de oración hay cada vez menos carismas, y tenemos que preguntarnos el porqué: ¿por qué está sucediendo esto? Yo no lo sé, pero puedo aventurar tres motivos: a) Tal vez es que hemos perdido ese entusiasmo y ese sentimiento interior de la necesidad que tenemos de los carismas y no los deseamos de verdad, con auténtico corazón; y no los pedimos de verdad al Señor y no le gritamos día y noche, suplicando para nosotros mismos y para nuestros hermanos: Señor, renueva los prodigios de Pentecostés, como decía Juan XXIII, derrama tus carismas, porque los necesitamos. Quizás hemos perdido la ilusión, el deseo, el amor primero. b) Tal vez los que los reciben se encogen, se retraen, no se comprometen… No se lanzan con valentía a ejercer los carismas sabiendo que no son ellos, que es la obra del Señor a través de ellos. Pero que, aunque sea la obra del Espíritu, nosotros hemos de abrirnos y acogerlos, decirle al Señor, como todos los enviados, como todos los profetas: “Heme aquí, Señor”. c) Y tal vez, por último, porque los que hemos dado un paso al frente y hemos acogido los carismas y los estamos ejerciendo, pues quizás no lo hacemos con esa pureza y esa generosidad que demandan esas tres condiciones que he apuntado: con agradecimiento y alegría, sin esperar recompensa humana y sin buscarnos a nosotros mismos en nada, y con la misma actitud humilde de Jesús. Tenemos que estar atentos porque somos humanos y enseguida nos apegamos a las cosas y quizás buscamos reconocimiento y quizás no somos suficientemente humildes y quizás no consideramos el servicio como un regalo precioso por el que tendríamos que estar todo el día dando gracias llenos de júbilo.

(Continuará)

Aplicación
Podemos meditar todo esto, con sinceridad de corazón, delante del Señor porque, si desaparecen los carismas de la Renovación Carismática, nos convertiremos en un grupo de devoción más, de los muchos que hay en la Iglesia; un grupo de devoción bueno, quizás muy bueno, pero ya no seremos un grupo de oración de la Renovación Carismática, habremos perdido nuestra identidad y nuestra vocación.
¿Qué estás haciendo con tus carismas? ¿Acaso te está atrapando la rutina? ¿Has perdido el fuego del primer amor? Si eso está ocurriendo no dejes de preguntarle: ¿Qué debo hacer Señor?

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