Una familia dividida no puede subsistir


Mateo 12:22-32

Jesús aprovecha una lección dada los fariseos – que según el Diccionario Bíblico Pastoral - El término es interpretado en general como "separados" (de todo lo que es "impuro": en el sentido de su rigurosa observancia de la Ley o de una tendencia política), para advertirnos de un peligro en nuestros días.

Hoy en día, existen muchas personas, que con buenas intenciones, se cierran en sí mismas, defendiendo sin darse cuenta, más la causa que el efecto y sin quererlo, terminan tomando distancia del propio bien que pretenden lograr, llegando a confundir al Bien mismo con el propio mal, inconscientemente, porque eso pueda significar una probable amenaza para sus principios y/o sus creencias. Es probable que su razón sea buena, que se base en lo que han aprendido de sus mayores y de la justicia que han conocido, pero al cerrarse en ellos, los hace perder la perspectiva.

Al no haber conocido de las enseñanzas de Cristo, o haberse olvidado de ellas, se concentran más en la persona que en la situación, confunden las ideas con las personas y en un instante, condenan, separando y separándose.

Frente a ellos, la Enseñanza, la propia Sabiduría, Jesús en persona, tratando de explicarles: ¿no se dan cuenta que con su actitud, lo que logran es dividir, es destruir lo mismo que quieren salvar? Si es que su interés está en llegar al conocimiento de la Verdad y del Bien Supremo ¿por qué atentan contra lo que quieren conseguir? Porqué en lugar de juzgar y condenar a la persona, al coterráneo del mismo Reino en el que todos queremos vivir, no se concentran en la bendición o en la prevención de la pérdida de la gracia, que es lo mismo.

Si nos atacamos entre nosotros, si destruimos nuestra Ciudad Celestial o nuestra Familia Mística, ¿quién gana?

¿Quién es fuerte en el ejemplo de Jesús? Sin duda ha de ser aquél, que conociendo sus enseñanzas se ha abrazado a ellas para tener vida y vida en abundancia. Para ser sanado y salvado. En fin, aquél que ha optado por aceptar el modo de pensar, de actuar y de vivir que Cristo nos propone.

¿Quién es el que ata para entrar a saquear? No nos queden dudas que es el enemigo, al que no le convienen las bendiciones que recibimos y entra a quitárnoslas, únicamente para luego destruirlas, para dejarnos nuevamente en nuestras propias miserias, aún mayores que las que teníamos antes de conocer a Cristo, porque después de haber logrado la gracia, es terrible la nostalgia y el dolor de haberla perdido.

Si alguna duda nos queda, Jesús se encarga de aclarárnosla, diciendo claramente quién es el que está contra Él, el que viene a dividir, a desparramar.

El enemigo, sabe muy bien, que si nos mantenemos unidos, no puede con nosotros, porque Cristo está en medio y es nuestra Cabeza. Pero si nos divide, es muy fácil destruirnos, porque separados de Jesús, nada podemos hacer.

Desde la creación del hombre ha estado practicando y ha tenido mucho éxito, separando a nuestros primeros padres, tentándolos con algo ‘bueno’, el conocimiento del bien y del mal. El mismo conocimiento que hoy tratamos de apropiarnos, para luego levantar el índice y juzgar al otro, no a la idea, no a su creer y saber, a la propia persona.

Ni qué hablar de la desobediencia y el desacato, que maneja con perfección de artista, justificándolos y justificándonos cual mártires en ‘justas’ batallas.

Aplicación:

No es casualidad que cuando la Iglesia se declara en Estado de Misión, se generen sutiles ataques del enemigo haciendo levantar a hermano contra hermano, discípulo contra discípulo, siervo contra siervo. Proponiéndonos la división.

Tampoco es casualidad que cuando una persona comienza a madurar en el Señor, a descubrir las bendiciones que fluyen desde las páginas del Evangelio, su familia, su pareja, las relaciones con sus amigos, compañeros de labor, hermanos de comunidad, sean atacadas para separarlo, y una vez separado, sumirlo en la soledad, la angustia y la depresión.

Debemos ser astutos para percibir estos ataques, para ver en el otro, en aquel por el que nos sentimos agredidos, en nuestra razón o en nuestra pasión, no a un atacante, sino a una víctima y sobreponernos a nuestras emociones para ayudarlo a no caer en los lazos del mentiroso, y así ayudarnos a nosotros mismos, a no caer tampoco.

Debemos usar nuestro ímpetu y nuestras pasiones para defender: nuestra Patria Celestial, nuestra familia, nuestras comunidades, porque si las perdemos o si nos perdemos, de nada nos han de servir nuestras creencias y principios terrenales, por más justos que estos parezcan.

Cuando nos ponemos el traje de justicieros, cuando levantamos el dedo para señalar al otro, cuando, además lo denunciamos públicamente, es más probable que nos estemos poniendo del lado del que ‘desparrama’ en lugar de ponernos del lado del que recoge.

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