Hacia la Madurez

HAY VARIAS FIGURAS que se pueden utilizar para describir la vida cristiana, y todas son figuras dinámicas. La vida cristiana no es tanto un "estado", sino un "proceso". Por ejemplo, el cristiano es como un árbol que echa raíces y crece; como un viajero que transita el Camino de la vida; o como un niño que nace y progresa hacia la madurez. El énfasis bíblico es que estamos llegando a ser algo.

Según Ef.4:12-16 la meta de ese crecimiento es Cristo mismo.

Así organizó a los santos para la obra del ministerio, en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto y a la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo. Así dejaremos de ser niños, sacudidos por las olas y arrastrados por el viento de cualquier doctrina, a merced de la malicia de los hombres y de su astucia para enseñar el error. Por el contrario, viviendo en la verdad y en el amor, crezcamos plenamente, unidos a Cristo. El es la Cabeza, y de él, todo el Cuerpo recibe unidad y cohesión, gracias a los ligamentos que lo vivifican y a la acción armoniosa de todos los miembros. Así el Cuerpo crece y se edifica en el amor.

Sólo somos maduros cuando somos como él. Igual a Pablo, siempre estamos prosiguiendo, extendiéndonos hacia esa meta (Fil.3:12-14), aunque no la vamos a alcanzar en esta vida. El proceso sólo llega a su fin cuando estamos con él (1 Jn.3:2).

Todo esto implica que el cristiano estático, que no cambia, está enfermo. No deberíamos ser lo mismo hoy, como hace un año. Debemos reconocer aspectos específicos de nuestras vidas que han cambiado para que seamos más como Cristo. Si nunca llegamos a la meta en esta vida, entonces no hay razones para que dejemos de crecer.

Pero muchos en la práctica quedan atrás, y conviene pensar por qué. Se puede hacer una lista de varios estorbos al crecimiento, pero voy a limitarme ahora a dos evidencias comunes de la inmadurez. La primera la llamaría "la pasividad". De ella habla Heb.5:12-14.

Aunque ya es tiempo de que sean maestros, ustedes necesitan que se les enseñen nuevamente los rudimentos de la Palabra de Dios: han vuelto a tener necesidad de leche, en lugar de comida sólida. Ahora bien, el que se alimenta de leche no puede entender la doctrina de la justicia, porque no es más que un niño. El alimento sólido es propio de los adultos, de aquellos que por la práctica tienen la sensibilidad adiestrada para discernir entre el bien y el mal.

En la vida humana reconocemos que el niño es un ser dependiente, que tiene que esperar de los demás. Cuando tenga la capacidad de proveer para sí mismo, y para otros, ya estará entrando en la madurez.

Pero así también es la vida cristiana. El niño espiritual es el que sólo recibe y nunca da. El creyente que recibe su alimento espiritual de otros, que ocupa un lugar pasivo en la iglesia, que no puede ayudar a otro con la Biblia, que huye de toda responsabilidad y trabajo, es niño.

En este sentido, uno de los pasos más decisivos en la vida cristiana es el de convertirse de una persona pasiva que sólo recibe, en una persona activa que da.

En parte este problema nace de un concepto distorsionado de lo que es ser cristiano. Para muchos el cristiano es un "creyente", y miran atrás a una decisión que se hizo en un momento del pasado. En esto tienen razón, pero sólo en parte. El "crecer" inicial es apenas el primer paso de un viaje largo, la primera página de un tomo grueso. Lo que es la vida cristiana una vez iniciada, se describe en términos del discipulado.

El discípulo, por su propia naturaleza, no puede ser pasivo, sino que se esfuerza constantemente en conocer y obedecer mejor a su maestro.

La enseñanza de Pablo sobre los dones del Espíritu Santo destaca que todo creyente tiene un don (1 Co.12:7) y que Dios da dones para que los utilicemos en servicio de la iglesia (Ro.12:6-8). A la vez, la figura bíblica de la iglesia como un cuerpo requiere que todos los miembros funcionen según su capacidad si el cuerpo ha de desarrollarse normalmente. No, no hay lugar para la "pasividad" en la familia de la iglesia.

La segunda evidencia de la inmadurez la llamaría "la contienda".

Realmente es difícil entender cómo puede existir la contienda en la iglesia. Todos somos igualmente pecadores redimidos, tenemos un mismo Espíritu quien derramó el amor de Dios por nosotros (Ro.5:5) somos de la misma familia, conciudadanos del Reino de Dios, miembros de un solo cuerpo. Y además de esto, tenemos exhortación tras exhortación acerca de la necesidad de amarnos sin embargo, son patentes los pleitos, quejas, disensiones, chismes, enojos y toda clase de males parecidos.

¿Cuál es el problema? Creo que puede haber varias contestaciones, pero quiero mencionar brevemente tres. La primera razón es que no conocemos a Dios. 1 Jn.4:20 es muy claro: mi actitud hacia mi hermano es una clara indicación de mi relación con Dios. Si lo que dicen y hacen mis hermanos siempre me irrita, y encuentro cada vez más "errores" en ello, el problema verdadero está en mí mismo. No tengo todavía la mente de Dios; estoy alejado de la luz de Dios y no veo bien (1 Jn.2:11).

La segunda razón es que somos todavía niños. Este es el énfasis de 1 Co.3:1-3. Los niños pelean sobre cualquier cosa insignificante, pero se espera que la persona mayor sea distinta.

Y lo peor es que en esto, los niños se portan mejor que nosotros. Durante un día pueden chocar sobre una variedad de "tonterías", pero al día siguiente se olvidan de todo, y siguen como amigos. Pero nuestra tendencia es pelear sobre una tontería y nunca olvidarlo, ni aún en diez años.

Aquí tengo que hacer una distinción muy importante. Una cosa es el no estar de acuerdo con una idea o posición de mi hermano. Esto en sí no es malo, y es inevitable que haya una variedad de opiniones en una congregación. Pero es otra cosa el rechazar a mi hermano por sus ideas. Son muy pocas las razones que justifican una separación entre hermanos, y se debe llegar a eso sólo en casos muy extremos. Casi siempre las contiendas y divisiones nuestras son sobre cosas no justificables.

La tercera razón es que todavía somos de este mundo, y pensamos como la gente de este mundo. Stg.3:13-16 destaca que celos, contenciones y cosas parecidas revelan una mente que no ha sido renovada (Ro.12:2). ¡Ojo con los que profesan ser espirituales, pero siempre chocan con sus hermanos! Esa "espiritualidad" no es de Dios sino del mundo.

Tanto pasividad como contienda son evidencias claras de inmadurez, y a la vez son estorbos al crecimiento. Termino con este pensamiento: No hay nada malo en ser niño, todos tenemos que comenzar así. Pero es vergonzoso quedarse niño. Dios nos ha llamado a crecer.

por JOSE YOUNG

Fuente: Compromiso Cristiano: http://www.compromisocristiano.com

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